¿Reconoces que tu autoestima sufre altibajos? ¿Te influyen mucho las valoraciones que puedan hacer de ti? Si es así, quiero invitarte a que conozcas un precioso cuento que te hará ver cómo cedes tu poder cuando pones tu autoestima en manos de los demás. 

valor, poder personal

En mi libro Mente, ¡déjame vivir!, (aún está en maquetación-impresión) hablo de las diferentes parcelas en las que puedes agrupar todo aquello que te genera estrés. La primera, y más importante, es tu relación contigo misma. Si en esta parcela tienes aspectos que te generan estrés interior, es muy difícil que en el resto de áreas de tu vida no sufras ese estrés a medida que te vayan ocurriendo cosas. 

Uno de esos aspectos que te pueden generar incomodidad al estar contigo misma es tu autoestima.

1. ¿De qué depende que te valores más o menos?

¿Hay personas que influyen directamente en esa valoración? ¿Crees que esto es bueno para ti? 

De pequeños aprendimos a que se nos valoraba más cuanto mejor hablaban los demás de nosotros: “¡qué notas más buenas!”, “¡qué responsable!”, “¡qué prudente!”, “¡qué bien se porta!”… 

El problema surge cuando, en la edad adulta, mantenemos ese patrón de dar importancia a cómo los demás valoran nuestra conducta, nuestros resultados… 

Si te paras a pensar un minuto, quizá encuentres que le das más importancia a lo que opinen los demás de lo que te imaginabas. Y eso tiene consecuencias. La primera en tu autoestima. Y la segunda, en tu capacidad de decidir por ti misma, por tu propio bienestar. Porque si valoras mucho lo que los demás puedan opinar, o necesitas su aprobación para sentirte segura, estás cediendo tu poder. Ese poder de decidir en función de tu propia esencia, de tu intuición y de tus necesidades y tus valores. 

2. Consecuencias de ceder tu poder

Y así, poco a poco, nos vamos alejando de nuestra esencia. Y llega un día en el que nos sentimos vacíos, que no nos conocemos, que no sabemos qué más necesitamos para sentirnos mejor. 

Por eso es muy importante que seas más consciente de en manos de quién pones, inconscientemente, tu valor: tu orgullo, la valoración de lo que tú eres y de lo que tú eres capaz de crear. 

Y por eso quiero compartir contigo un cuento que a mí me ayudó a retener esta idea, y que recomiendo leer a mis clientes. Espero que lo disfrutes y sea muy gráfico también para ti.  

3. Cómo proteger tu autoestima: un cuento para aprender

Este es el cuento, del poeta argentino Jorge Bucay: 

-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
-Cuánto lo siento, muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después…- Y haciendo una pausa agregó -Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

-E..encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas. – Bien- asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó -Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En su afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entró en la habitación. – Maestro – dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

– Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. Quién mejor que él, para saberlo. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas.Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo: – Dile al maestro, muchacho que si lo quiere vender ya, no puedo darle más de 58 monedas de oro por su anillo.
– ¡¿58 monedas?! -exclamó el joven.
– Sí, replicó el joyero- Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… Si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
– Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

4. Tu reflexión

Me encartaría que compartas con nosotros qué te ha transmitido este texto. ¿Lo conocías? ¿Te ha aportado algo nuevo? 

Seguro que conoces a alguien que cede su poder y tiene una baja autoestima que le sabotea su bienestar. ¿Te apetecería ayudarle? Puedes enviarle este post. Seguro que te lo agradece. 

Muchas gracias por leerme. 

Un fuerte abrazo,

Eduardo.